
RECUPERAR EL EQUILIBRIO
LAS HERIDAS Y
LAS CRISIS
Las heridas producidas durante las crisis son ciertamente dolorosas; sin embargo, nunca son completamente evitables en la intimidad de una relación. Ante las heridas, es necesario evitar los alejamientos y favorecer el contacto, ya que los alejamientos prolongados congelan o ahondan las crisis.
AHONDAR EN LO PROFUNDO
Cuando ocurre la crisis y se multiplican los desencuentros, es necesario ahondar en lo que sucede, no quedarse sólo con las anécdotas de las situaciones. Es decir, dejar de pensar sobre lo que "el otro me está haciendo" y encontrar "qué es lo que me duele a mí de toda esta situación" para poder expresarlo humildemente, más allá de quién tenga la razón. La competencia por tener razón aleja del contacto íntimo y de la posibilidad de ver juntos los dolores de cada uno.
EL ORGULLO AL SERVICIO DE LA PAREJA
Renunciar a hacer prevalecer el orgullo especialmente el de aquel que se siente con el poder y la razón y ponerlo al servicio del encuentro da una salida al conflicto.
LA CAPACIDAD DE AYUDAR
Cuando uno de los dos miembros queda en situación de mayor poder que el otro, es necesario darse cuenta de que ha ocurrido un desequilibrio en la pareja. El que ha quedado en la posición de mayor poder debe utilizarlo para ayudar al otro a que vuelva a una posición de igualdad. Esto no significa que ambos deban ser iguales en todos los terrenos. No obstante, si uno queda situado “por encima del otro” en todas las situaciones, hay grandes posibilidades de desembocar en una crisis.
EL USO DEL PODER
Cuando uno queda en la situación de poder, no debe caer en la tentación de utilizarlo para dominar o manipular la dominación o manipulación constante terminan, inevitablemente, dañando la relación.
VIVIR DE LAS PROPIAS RESERVAS
Durante las crisis, el que se encuentra en situación de poder puede ayudar y “alimentar” al que ha quedado “por debajo”, sin embargo, el que está en la posición fuerte no está en situación de “ser alimentado” por su pareja. En consecuencia, tendrá que vivir, temporalmente de sus propias reservas, sin apoyos hasta que la relación vuelva a equilibrarse.
LA VIRTUD DE LA HUMILDAD
Cada uno ocupará la posición que le toca dentro de la crisis humildemente. De este modo, ayudar no significa imponer el propio criterio sino atender a las necesidades del otro. A su vez, si esta ayuda se ofrece sinceramente, debe ser recibida con humildad. A lo largo de la vida de una pareja, a cada uno le tocará alternativamente ayudar y ser ayudado. Cuando esas actitudes fluyen con honestidad, las crisis se superan con mucha más facilidad.
LA PÉRDIDA DE LÍMITES - UNA REALIDAD SIN REGLAS
Cuando las mujeres organizamos toda nuestra identidad en la acción, nos puede resultar más complicado acomodamos a una realidad menos concreta -sin bordes, sin límites y, en la mayoría de los casos, sin unas reglas fijas y precisas- como cuando tenemos un bebé.
EL LABERINTO DE LOS CONSEJOS
En nuestra búsqueda de certezas, solemos pedir orientación a especialistas y personas que nos rodean, pero también es habitual perderse entre consejos francamente contradictorios y opuestos, incluso provenientes de personas en quienes depositamos un "supuesto saber".
ENTENDER NUESTRA IDENTIDAD
La maternidad es un camino personal que nos conecta con lugares generalmente inconscientes, es decir, que hemos desterrado de nuestra propia identidad.
UN VIAJE INTERIOR
La maternidad es un viaje hacia nuestro interior. Por eso, es el momento ideal para hacemos preguntas fundamentales, sin pretender encontrar respuestas precisas.
FAMILIAS SALUDABLES
A pesar de los tiempos que corren, la familia sigue siendo el principal instrumento de una estructura personal saludable. Además, es el punto de apoyo fundamental para cualquier sociedad que pretenda evolucionar y garantizar una buena calidad de vida a los individuos que la constituyen.
Es muy probable que el bombardeo mediático en contra de la factibilidad de construir una pareja estable y duradera haya complicado aún más la tarea -que siempre fue difícil- de crear una familia capaz de trascender en sus hijos. Una familia capaz de nutrir y dar soporte a sus miembros, capaz de ocupar como protagonista el Lugar que la sociedad le tiene reservado.
Muchas veces la familia podría representarse como si fuera un trampolín. Si imaginamos la vida como una piscina, la familia es la herramienta que debe permitir al niño, cuando llegue a la edad adulta, caminar por el trampolín, saltar y tener las mejores oportunidades de caer bien. Un trampolín que lo impulse para su mejor zambullida, la más estética, armónica y original; la más segura para su vida y la más útil para sumergirse en sus sueños futuros.
Si los soportes del trampolín han sido débiles, el salto es siniestro. Si el trampolín se rompe o está deteriorado, el niño se puede lesionar la cabeza. Si no salta por miedo o porque el trampolín no lo impulsa, se queda colgado, impotente y dependiente, y nunca se lanza a vivir su propia aventura.
CONSTRUIR DESDE EL AMOR
Sigo creyendo que el trampolín tiene cuatro pilares fundamentales. Pilares que deben ser sólidos para que los hijos de la familia puedan caminar por él hacia sus propias vidas y aprendan a construir, a su vez, un trampolín para sus hijos, en la cadena sin fin que constituye la evolución de la sociedad.
Para mí, el primer pilar es, como no podría ser de otra manera, el del amor. La primera tarea de un proceso terapéutico suele ser la de lidiar con la incapacidad de AMAR. Una incapacidad directamente dependiente de la falta de amor por sí mismo. En los primeros minutos de la primera entrevista, el terapeuta encuentra las evidencias de la huella que ha dejado en ese adulto la falta de amor o el maltrato que el niño ha sufrido, incluso cuando ese desamor no es del todo consciente para él o para ella.
Y es lógico el desarreglo, porque quien no se ha sentido amado en su familia, tiene por delante una historia por lo menos difícil. El amor por uno mismo y con él la decisión de cuidarse, protegerse y premiarse se aprende primordialmente del amor que uno recibe de los padres.
Por suerte, esto no significa que, si no ha sucedido allí, el amor por uno mismo no pueda aprenderse en otro lado. Sólo quiere decir que la familia, el núcleo de origen, es el mejor lugar donde aprenderlo. Los demás sólo consiguen ser buenos o malos sustitutos.
El trampolín que no tiene este pilar, o lo tiene débil, es muy peligroso. Es difícil caminar por él y, aunque no lo fuera, es muy probable que quien lo deba hacer no tenga siquiera el deseo de andar hacia lo que sigue.
SENTIRSE VALORADO
Al segundo pilar lo vamos a llamar el pilar de la autoestima; es decir, el soporte de la valoración. No se trata tan sólo de cuánto valoran los padres a sus hijos sino también, y sobre todo, de cuánto se valoran los hijos a sí mismos, a sus parejas y a las familias que han conseguido formar.
Si la familia no ha tenido un buen caudal de autovaloración, si los padres se juzgaban a sí mismos como poca cosa, entonces el hijo también se siente poca cosa, aunque los padres le juren que él o ella es lo más o lo único valioso de la casa. Se dice que "En las buenas familias, la olla de autoestima de la casa está siempre llena". En las casas de estas familias' el papá cree que la mamá es valiosa y la mamá cree que el papá es valioso; ambos están orgullosos del grupo que han formado y de las personas en las que sus hijos se van transformando día a día. Todos y cada uno de sus miembros se sienten afortunados de pertenecer a la familia, incluso en los momentos más turbulentos.
Cuando, día a día también, el hijo pregunta algo así como "¿Me puedo ir a vivir a casa de la tía Margarita?", tenemos problemas. Cuando un padre le dice a su hijo "¡Quizá sea mejor que te fueras a vivir a casa de la tía Margarita!", también está pasando algo complicado. En ambos casos, el trampolín por el que los jóvenes deben caminar se vuelve demasiado inestable.
Cada grupo debe tener normas, cuanto más claras mejor. Y una familia es un grupo; un grupo muy particular, pero grupo al fin. Es por eso por lo que el tercer pilar del trampolín es el de las normas.
Las reglas y los límites deben existir, y la única condición inapelable es; paradójicamente, que no pueden ser inapelables.
En una familia sana, las normas nunca son rígidas. Son flexibles, elásticas, cuestionables, discutibles y negociables. Pero están allí, y todos saben cuáles son.
FLEXIBILIDAD Y CONFIANZA
Cuando la regla es violar una norma, la familia sabe que debe cambiar esa norma, y no prescindir de su existencia. Ése será su compromiso, crear una nueva norma que sustituya a la que ha quedado obsoleta. Este proceso sólo es posible si se apoya en las cabezas de la familia y si éstas han vivido alguna vez un tiempo y un espacio donde hayan aprendido a madurar en un entorno seguro y protegido.
Éste es el encuadre de una familia sana, y sus normas son el marco de seguridad y previsibilidad necesario para el desarrollo de todos. Una casa sin normas genera un trampolín tan poco firme que nadie podría pensar en usarlo para impulsarse y saltar.
El último pilar es la confianza. Sinceridad, honestidad, apertura, fe y el compromiso permanente de respetar la palabra dada. En la intimidad, como siempre digo, no hay espacio para la mentira. Puede haber, y debe haber, una cuota de privacidad, de reserva, de espacios personales y secretos, pero éste no es un argumento para la mentira. El pilar de la confianza garantiza que cada miembro de una familia sabe que lo que otro dice puede que no sea TODA la verdad, pero tiene la certeza de que es absolutamente cierto.
EL CAMINO HACIA LA VIDA
Amor, nivel de autoestima, normas elásticas y confianza absoluta: sobre estos pilares se apoya, en mi opinión, la tabla en la cual el hijo se impulsa hacia su vida. Es en este trampolín donde el hijo aprende, primero, a valerse por sí mismo sin depender y, después, a darle un sentido personal a su existencia, decidiendo quiénes serán sus compañeros de ruta, esos compañeros entre los cuales encontrará a aquella persona con la que recomenzar el ciclo y crear su propia familia.
Sin embargo, para que el salto sea posible, quizá no sea suficiente sólo con unos pilares sólidos y consistentes. También la tabla sobre la que el hijo camina debe ser necesariamente fuerte, suficientemente resistente y permanentemente cuidada. Esa tabla se llama comunicación.
Se puede leer mucho sobre la comunicación en todos los libros de psicología; de hecho, ningún tema ha sido más tratado que éste. Valdrá la pena, pues, leer sobre ella, aprender su concepto y rediseñar su alcance. Será bueno hablar sobre la comunicación con la pareja, discutir el asunto con los hijos y conversar todos sobre ello con el televisor apagado. Pero no es lo más importante.
Lo fundamental en comunicación es el tiempo de genuino interés que demostramos por el otro y que comienza con las preguntas: "¿Cómo estás?", "¿Qué tal has pasado el día?" o "¿Quieres que hablemos?". Si todo lo dicho no pudiera evidenciar la importancia de la comunicación, estaría bien recordar que es justamente en ella donde se encuentra la posibilidad de reparar la debilidad de alguno de los demás pilares en los que se apoya el trampolín.
UN TRAMPOLÍN PARA EL FUTURO
Crear una familia es construir un trampolín sólido no tan sólo para nuestros hijos sino que, a partir de ellos, también para los hijos de nuestros hijos. Así pues, el futuro de nuestros seres más queridos depende en gran medida de nuestra capacidad para lograr la construcción de este trampolín firme.
El futuro de nuestra sociedad y nuestra cultura depende, a su vez, de la capacidad de todos de conseguir lo mismo.
Las heridas producidas durante las crisis son ciertamente dolorosas; sin embargo, nunca son completamente evitables en la intimidad de una relación. Ante las heridas, es necesario evitar los alejamientos y favorecer el contacto, ya que los alejamientos prolongados congelan o ahondan las crisis.
AHONDAR EN LO PROFUNDO
Cuando ocurre la crisis y se multiplican los desencuentros, es necesario ahondar en lo que sucede, no quedarse sólo con las anécdotas de las situaciones. Es decir, dejar de pensar sobre lo que "el otro me está haciendo" y encontrar "qué es lo que me duele a mí de toda esta situación" para poder expresarlo humildemente, más allá de quién tenga la razón. La competencia por tener razón aleja del contacto íntimo y de la posibilidad de ver juntos los dolores de cada uno.
EL ORGULLO AL SERVICIO DE LA PAREJA
Renunciar a hacer prevalecer el orgullo especialmente el de aquel que se siente con el poder y la razón y ponerlo al servicio del encuentro da una salida al conflicto.
LA CAPACIDAD DE AYUDAR
Cuando uno de los dos miembros queda en situación de mayor poder que el otro, es necesario darse cuenta de que ha ocurrido un desequilibrio en la pareja. El que ha quedado en la posición de mayor poder debe utilizarlo para ayudar al otro a que vuelva a una posición de igualdad. Esto no significa que ambos deban ser iguales en todos los terrenos. No obstante, si uno queda situado “por encima del otro” en todas las situaciones, hay grandes posibilidades de desembocar en una crisis.
EL USO DEL PODER
Cuando uno queda en la situación de poder, no debe caer en la tentación de utilizarlo para dominar o manipular la dominación o manipulación constante terminan, inevitablemente, dañando la relación.
VIVIR DE LAS PROPIAS RESERVAS
Durante las crisis, el que se encuentra en situación de poder puede ayudar y “alimentar” al que ha quedado “por debajo”, sin embargo, el que está en la posición fuerte no está en situación de “ser alimentado” por su pareja. En consecuencia, tendrá que vivir, temporalmente de sus propias reservas, sin apoyos hasta que la relación vuelva a equilibrarse.
LA VIRTUD DE LA HUMILDAD
Cada uno ocupará la posición que le toca dentro de la crisis humildemente. De este modo, ayudar no significa imponer el propio criterio sino atender a las necesidades del otro. A su vez, si esta ayuda se ofrece sinceramente, debe ser recibida con humildad. A lo largo de la vida de una pareja, a cada uno le tocará alternativamente ayudar y ser ayudado. Cuando esas actitudes fluyen con honestidad, las crisis se superan con mucha más facilidad.
LA PÉRDIDA DE LÍMITES - UNA REALIDAD SIN REGLAS
Cuando las mujeres organizamos toda nuestra identidad en la acción, nos puede resultar más complicado acomodamos a una realidad menos concreta -sin bordes, sin límites y, en la mayoría de los casos, sin unas reglas fijas y precisas- como cuando tenemos un bebé.
EL LABERINTO DE LOS CONSEJOS
En nuestra búsqueda de certezas, solemos pedir orientación a especialistas y personas que nos rodean, pero también es habitual perderse entre consejos francamente contradictorios y opuestos, incluso provenientes de personas en quienes depositamos un "supuesto saber".
ENTENDER NUESTRA IDENTIDAD
La maternidad es un camino personal que nos conecta con lugares generalmente inconscientes, es decir, que hemos desterrado de nuestra propia identidad.
UN VIAJE INTERIOR
La maternidad es un viaje hacia nuestro interior. Por eso, es el momento ideal para hacemos preguntas fundamentales, sin pretender encontrar respuestas precisas.
FAMILIAS SALUDABLES
A pesar de los tiempos que corren, la familia sigue siendo el principal instrumento de una estructura personal saludable. Además, es el punto de apoyo fundamental para cualquier sociedad que pretenda evolucionar y garantizar una buena calidad de vida a los individuos que la constituyen.
Es muy probable que el bombardeo mediático en contra de la factibilidad de construir una pareja estable y duradera haya complicado aún más la tarea -que siempre fue difícil- de crear una familia capaz de trascender en sus hijos. Una familia capaz de nutrir y dar soporte a sus miembros, capaz de ocupar como protagonista el Lugar que la sociedad le tiene reservado.
Muchas veces la familia podría representarse como si fuera un trampolín. Si imaginamos la vida como una piscina, la familia es la herramienta que debe permitir al niño, cuando llegue a la edad adulta, caminar por el trampolín, saltar y tener las mejores oportunidades de caer bien. Un trampolín que lo impulse para su mejor zambullida, la más estética, armónica y original; la más segura para su vida y la más útil para sumergirse en sus sueños futuros.
Si los soportes del trampolín han sido débiles, el salto es siniestro. Si el trampolín se rompe o está deteriorado, el niño se puede lesionar la cabeza. Si no salta por miedo o porque el trampolín no lo impulsa, se queda colgado, impotente y dependiente, y nunca se lanza a vivir su propia aventura.
CONSTRUIR DESDE EL AMOR
Sigo creyendo que el trampolín tiene cuatro pilares fundamentales. Pilares que deben ser sólidos para que los hijos de la familia puedan caminar por él hacia sus propias vidas y aprendan a construir, a su vez, un trampolín para sus hijos, en la cadena sin fin que constituye la evolución de la sociedad.
Para mí, el primer pilar es, como no podría ser de otra manera, el del amor. La primera tarea de un proceso terapéutico suele ser la de lidiar con la incapacidad de AMAR. Una incapacidad directamente dependiente de la falta de amor por sí mismo. En los primeros minutos de la primera entrevista, el terapeuta encuentra las evidencias de la huella que ha dejado en ese adulto la falta de amor o el maltrato que el niño ha sufrido, incluso cuando ese desamor no es del todo consciente para él o para ella.
Y es lógico el desarreglo, porque quien no se ha sentido amado en su familia, tiene por delante una historia por lo menos difícil. El amor por uno mismo y con él la decisión de cuidarse, protegerse y premiarse se aprende primordialmente del amor que uno recibe de los padres.
Por suerte, esto no significa que, si no ha sucedido allí, el amor por uno mismo no pueda aprenderse en otro lado. Sólo quiere decir que la familia, el núcleo de origen, es el mejor lugar donde aprenderlo. Los demás sólo consiguen ser buenos o malos sustitutos.
El trampolín que no tiene este pilar, o lo tiene débil, es muy peligroso. Es difícil caminar por él y, aunque no lo fuera, es muy probable que quien lo deba hacer no tenga siquiera el deseo de andar hacia lo que sigue.
SENTIRSE VALORADO
Al segundo pilar lo vamos a llamar el pilar de la autoestima; es decir, el soporte de la valoración. No se trata tan sólo de cuánto valoran los padres a sus hijos sino también, y sobre todo, de cuánto se valoran los hijos a sí mismos, a sus parejas y a las familias que han conseguido formar.
Si la familia no ha tenido un buen caudal de autovaloración, si los padres se juzgaban a sí mismos como poca cosa, entonces el hijo también se siente poca cosa, aunque los padres le juren que él o ella es lo más o lo único valioso de la casa. Se dice que "En las buenas familias, la olla de autoestima de la casa está siempre llena". En las casas de estas familias' el papá cree que la mamá es valiosa y la mamá cree que el papá es valioso; ambos están orgullosos del grupo que han formado y de las personas en las que sus hijos se van transformando día a día. Todos y cada uno de sus miembros se sienten afortunados de pertenecer a la familia, incluso en los momentos más turbulentos.
Cuando, día a día también, el hijo pregunta algo así como "¿Me puedo ir a vivir a casa de la tía Margarita?", tenemos problemas. Cuando un padre le dice a su hijo "¡Quizá sea mejor que te fueras a vivir a casa de la tía Margarita!", también está pasando algo complicado. En ambos casos, el trampolín por el que los jóvenes deben caminar se vuelve demasiado inestable.
Cada grupo debe tener normas, cuanto más claras mejor. Y una familia es un grupo; un grupo muy particular, pero grupo al fin. Es por eso por lo que el tercer pilar del trampolín es el de las normas.
Las reglas y los límites deben existir, y la única condición inapelable es; paradójicamente, que no pueden ser inapelables.
En una familia sana, las normas nunca son rígidas. Son flexibles, elásticas, cuestionables, discutibles y negociables. Pero están allí, y todos saben cuáles son.
FLEXIBILIDAD Y CONFIANZA
Cuando la regla es violar una norma, la familia sabe que debe cambiar esa norma, y no prescindir de su existencia. Ése será su compromiso, crear una nueva norma que sustituya a la que ha quedado obsoleta. Este proceso sólo es posible si se apoya en las cabezas de la familia y si éstas han vivido alguna vez un tiempo y un espacio donde hayan aprendido a madurar en un entorno seguro y protegido.
Éste es el encuadre de una familia sana, y sus normas son el marco de seguridad y previsibilidad necesario para el desarrollo de todos. Una casa sin normas genera un trampolín tan poco firme que nadie podría pensar en usarlo para impulsarse y saltar.
El último pilar es la confianza. Sinceridad, honestidad, apertura, fe y el compromiso permanente de respetar la palabra dada. En la intimidad, como siempre digo, no hay espacio para la mentira. Puede haber, y debe haber, una cuota de privacidad, de reserva, de espacios personales y secretos, pero éste no es un argumento para la mentira. El pilar de la confianza garantiza que cada miembro de una familia sabe que lo que otro dice puede que no sea TODA la verdad, pero tiene la certeza de que es absolutamente cierto.
EL CAMINO HACIA LA VIDA
Amor, nivel de autoestima, normas elásticas y confianza absoluta: sobre estos pilares se apoya, en mi opinión, la tabla en la cual el hijo se impulsa hacia su vida. Es en este trampolín donde el hijo aprende, primero, a valerse por sí mismo sin depender y, después, a darle un sentido personal a su existencia, decidiendo quiénes serán sus compañeros de ruta, esos compañeros entre los cuales encontrará a aquella persona con la que recomenzar el ciclo y crear su propia familia.
Sin embargo, para que el salto sea posible, quizá no sea suficiente sólo con unos pilares sólidos y consistentes. También la tabla sobre la que el hijo camina debe ser necesariamente fuerte, suficientemente resistente y permanentemente cuidada. Esa tabla se llama comunicación.
Se puede leer mucho sobre la comunicación en todos los libros de psicología; de hecho, ningún tema ha sido más tratado que éste. Valdrá la pena, pues, leer sobre ella, aprender su concepto y rediseñar su alcance. Será bueno hablar sobre la comunicación con la pareja, discutir el asunto con los hijos y conversar todos sobre ello con el televisor apagado. Pero no es lo más importante.
Lo fundamental en comunicación es el tiempo de genuino interés que demostramos por el otro y que comienza con las preguntas: "¿Cómo estás?", "¿Qué tal has pasado el día?" o "¿Quieres que hablemos?". Si todo lo dicho no pudiera evidenciar la importancia de la comunicación, estaría bien recordar que es justamente en ella donde se encuentra la posibilidad de reparar la debilidad de alguno de los demás pilares en los que se apoya el trampolín.
UN TRAMPOLÍN PARA EL FUTURO
Crear una familia es construir un trampolín sólido no tan sólo para nuestros hijos sino que, a partir de ellos, también para los hijos de nuestros hijos. Así pues, el futuro de nuestros seres más queridos depende en gran medida de nuestra capacidad para lograr la construcción de este trampolín firme.
El futuro de nuestra sociedad y nuestra cultura depende, a su vez, de la capacidad de todos de conseguir lo mismo.
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